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Haikus

Un olor dulce 

despierta la mañana 

en primavera. 

 

Susurros rosa 

tapizan los caminos 

ya recorridos. 

 

Tibios suspiros

emanan de los labios

 en regocijo.

 


 

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Destino

Otra vez estaba sentada allí en la misma mesa, podía sentir sus ojos en mí, ella no podía aguantar la curiosidad, le gustaba observar mi forma de barajar las cartas y de escribir. Todos los días sabía que vendría al mismo café en que yo estuviese porque aunque ambas tratábamos de evitarlo compartíamos un nexo, las cartas me lo habían dicho ya hace tanto tiempo. Ella era una escritora lo sabía porque el arcano mayor de la emperatriz la representaba y sus dedos manchados de tinta me lo confirmaban, era una creadora de mundos y yo era su contraparte la sacerdotisa. Ambas éramos escritoras de destinos, yo del de ella y ella del mío... Un mismo café y el olvido.  

La torre

Los cálidos rayos iluminan la estructura más cercana, le dan un toque celestial, y resaltan los entramados dorados de huevo de Fabergé. Los caballos blancos, con sus coloridas monturas nos invitan a formar parte de este baile silencioso, del que sólo participaremos nosotros. Una escalera nos induce a conocer los secretos que esconde este instante perdido en el tiempo. Después de dar una mágica vuelta vislumbramos la torre. Ella resalta con todas sus placas de hierro pulido, siempre tan rígida y altiva, tan distinta a los árboles que la rodean. Tantos años siendo admirada y ahora nadie parece observarla, por primera vez está sola, verdaderamente sola, tal vez sea vanidosa pero ella siempre se sintió como la estrella de la ciudad del amor, extraña los flashes de millones de personas que venían a retratarla y a conocer sus tres estaciones. El sonido del silencio aturde, sólo los pájaros parecen romperlo, son los únicos que escaparon del hechizo.